Una novela de Jose Alberto Arias. En proceso de creación.
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lunes, 30 de julio de 2012

El miedo de los niños


Si hace unos meses cerré la primera parte de la novela (recordemos, el inicio, presentación de los personajes y la aparición del conlicto del relato), hoy mismo he tenido la suerte, el placer y el desagravio de terminar la segunda parte. Digo esto porque es mucho tiempo acompañando a los niños en su periplo en la que podría ser una de las partes más duras de Queridos niños; después de todo, se trata de una pequeña novela de terror dentro del conjunto.
     En cuanto a datos, 104 páginas de nada divididas en tres bloques: 1) Reunión, 2) Convergencia y 3) La noche. Lo cierto es que transcurre poquísimo tiempo, pero se tratan de muchas tramas  conectadas de manera directa o indirecta. He tenido que establecer nuevamente las reglas que rigen la narración, y cuando me ponga con la tercera parte (cuando me empape de novela negra, de género, cuando acabe enganchado a la nicotina) volverá a tocar resetear todo el estilo.
      Sé que da la sensación de que la novela avanza poco, pero me atrevo a asegurar que la espera valdrá la pena. Lo cierto es que el fondo de la novela lo tengo muy claro, sé prácticamente todo lo que va a suceder en las siete partes en que consiste Queridos niños, pero la forma supone un reto continuo. Tengo muchas lecturas pendientes a este respecto. Paciencia, saboread mientras las pequeñas muestras que os voy dejando por aquí.

sábado, 29 de octubre de 2011

Vivir sin miedo

A estas alturas, creo que ha quedado claro que Queridos niños tiene un tema central, y éste es el miedo. Miedo de susto. Miedo de pánico, de fobia, de terror a lo inexplicable... Y hace unos meses encontré esta noticia en el diario Público, y pensé que en un universo donde todas las historias giran en torno al miedo, necesitaba a algún personaje inmune a éste. Así pues, dicho y hecho me basé en este caso extraño para crear a la enigmática Alexia, interés amoroso y vital de Arturo por mucho que las cosas se tuerzan en el futuro...
Hace más de 20 años, una mujer residente en el estado de Iowa (EEUU), conocida como SM, iba caminando a las diez de la noche por un parque solitario, totalmente a oscuras. A sus oídos llegaba la letanía del coro de una iglesia cercana. Solo veía a un hombre, "completamente drogado", sentado en un banco. Cuando llegó a su altura, el yonqui se levantó, le puso un cuchillo en la garganta y gritó:"Te voy a rajar, puta". Y en lugar de intentar huir, SM respondió: "Si me vas a matar, tendrás que acabar primero con mis ángeles de la guarda". Se dio la vuelta y se fue caminando despacito a casa. Al día siguiente volvió a pasear de noche por el mismo parque.
SM no ha sentido miedo en las últimas cuatro décadas. Debido a una patología rarísima, la enfermedad de Urbach-Wiethe, esta mujer tiene bloqueada desde niña la amígdala, una región cerebral del tamaño de una almendra considerada una fábrica de emociones. Durante el último medio siglo, la comunidad científica ha apuntado a este hueso del melocotón cerebral como el lugar donde nace el miedo en animales como las ratas y los monos. Hoy, un estudio publicado en la revista Current Biology describe el caso de SM. Según los autores, la mujer confirma por primera vez que esta almendra formada por neuronas es el origen del miedo en los seres humanos.
Atacada a punta de pistola
"Descubrimos a SM hace 25 años, cuando fue remitida por casualidad a nuestra clínica", explica aPúblico el responsable del estudio, Justin Feinstein, del departamento de Psicología de la Universidad de Iowa. SM es un caso único. Según el científico, "solo hay un puñado de personas en todo el mundo con lesiones similares". En la literatura médica, apenas hay unos 300 casos registrados, y cada uno presenta unas lesiones características.
Durante dos décadas, los investigadores han seguido los pasos de SM en su barrio, olvidado por las autoridades e invadido por el crimen y la droga. En su historial policial figuran palizas de su marido, ataques a punta de pistola y varias amenazas de muerte. SM asegura que nunca se sobresaltó. Junto a ella, los científicos han visto películas como El resplandor, La noche de Halloween o El silencio de los corderos. SM no sintió ni un escalofrío. La rodearon de serpientes y tarántulas. Nada. Se la llevaron de noche al sanatorio abandonado de Waverly Hills, en Kentucky, donde los crédulos de lo paranormal aseguran haber visto fantasmas de muertos por tuberculosis, y como si tal cosa.
"SM puede experimentar otras sensaciones, como tristeza o alegría, pero es incapaz de sentir miedo", detalla Feinstein, cuyo grupo ya contó el caso en Nature en 2005, centrándose en la incapacidad de la mujer para reconocer el temor en la cara de la gente.
"¿Y cómo está viva?"
Según otro de los autores, el neurólogo Daniel Tranel, la importancia del hallazgo es que puede conducir a nuevos tratamientos del trastorno por estrés postraumático, que afecta a casi ocho millones de personas solo en EEUU. Nuevos medicamentos que apaguen la amígdala podríanfrenar el miedo perenne que sentirán 300.000 soldados al regresar del frente en Irak y Afganistán, según estiman los científicos.
Otros expertos ajenos a este estudio son más escépticos. El neurobiólogo Juan de Carlos, del Instituto Cajal del CSIC, publicó en mayo los intríngulis de la formación de la amígdala. En su opinión, la descripción del caso de SM está "coja", ya que faltan detalles anatómicos y sobre cómo se comunican las neuronas en su cerebro. Además, su biografía le produce estupor. "Si te quitan el miedo, eres una persona peligrosa. Puedes ir por la carretera a 300 kilómetros por hora. ¿Cómo puede esta mujer estar viva?", se pregunta.
Los propios autores reconocen que su estudio tiene "varias limitaciones". La lesión de SM va más allá de la amígdala e invade ligeramente otras regiones, que también podrían estar implicadas en la ausencia de miedo. "Y SM es un solo caso, habrá que estudiar otros para consolidar nuestras conclusiones", admiten.
Con la alarma de emergencia apagada
 La literatura científica ha descrito a otras personas con la amígdala dañada y la sensación de miedo alterada, pero SM es el primer caso con una lesión completa y muy localizada, observado además durante 20 años. Esta mujer, incapaz de reconocer el peligro, se mete sin remedio en situaciones que cualquier otra persona evitaría, mostrando el papel esencial de la amígdala en la supervivencia de un ser humano.

miércoles, 31 de agosto de 2011

El hombre menguante

Rompían corazones los niños
al perderse en el bosque,
al vagar por los montes.
Los niños…
Escribían caminos de hormiga
senderos de miga
veredas de miedo
abrazos, recelo.
Los niños…
Comían corazones los niños
al crecer en el ébano negro
en la carne más prieta
en el pecho más firme
de diosa africana.
Mamaban el agua frugal
mascaban de frutas racimos.
Habían ya crecido los niños.
Amaban el cuerpo
como se ama un pajarillo,
como un ramo de cardos
amaban el pecho de Helena.
Los niños…
Al perderse en el bosque,
al vagar por el bosque
rompían corazones los hombres.

domingo, 13 de marzo de 2011

Cuentacuentos 50

Aquí, una pequeña muestra de lo que será la novela, esta vez de mano de la iniciativa de El Cuentacuentos


EL HABITANTE INCIERTO






De repente un día, todo comenzó de nuevo. Visitaron la casa en medio de la sierra, ésa que llevaba años abandonada, ésa donde nadie entraba ni salía, la única casa que brillaba en años. De noche, en mitad de la oscuridad de la sierra, en el silencio irascible en que se había sumido el mundo, un leve siseo, un rumor artificial parecía llegar de arriba y las ventanas se iluminaban y apagaban a voluntad como si el fantasma de la civilización hubiera decidido instalarse en medio de la nada, lejos de los niños y la ciudad con su suciedad y sus muertos.
            La excursión ascendió por la carretera a paso ligero. De vez en cuando, alguno de los pequeños se quejaba y Papo se secaba el sudor que le perlaba la frente.
            -No vamos a llegar nunca -dijo Arturo. -Además, ¿para qué vamos?
            -En esa casa nos espera alguien -respondió Cali, y Arturo aceptó su respuesta y encogió la cabeza. Jesús comenzó a silbar una antigua (¿acaso no era ya todo antiguo?) melodía flamenca que canturreaba a todas horas, y varios de sus acompañantes lo imitaron. Cali se acordó de Blancanieves y los enanos, y se dijo que ellos eran todos enanos con la misión de despertar a la princesa dormida en medio del bosque, en esa casa que bien podía ser el castillo de la reina. Bebió de la botella y dejó de pensar.
            Cuando pasaron junto a un árbol enorme, leyó en el tronco una pintada con la palabra "CAL" y se sintió mal. Ella no había pedido nada de ello, que cambiara el mundo, ni mucho menos que cambiara de ese modo, en torno a ella. Tampoco había pedido que sobreviviera el hombre.
            -¿Sabes qué, Cali? -dijo Papo a su oído.
            -Echo de menos a Ángela.
            -Eso pasa.
            -¿Por qué?
            -Cuando te enamoras echas de menos y no puedes vivir lejos de ella. Cuesta más respirar...
            -Cali.
            -¿Hmmm?
            -¿Cómo sabes tanto?
            -No sé, esas son cosas que sabemos todas las mujeres.
            -¿También Ángela?
            -Sobre todo, las princesas.


Cuando llegaron a la casa, ya era mediodía. El sol comenzaba a apretar, y no lograban atisbar una puerta o ranura donde llamar la atención de los posibles moradores. Hablaron largo y tendido de los rumores que generaba la casa: que dentro hubiera seres inhumanos, tal vez venidos de otro planeta, que fueran adultos (en realidad, la posibilidad que más les aterraba; con los niños se encontraban en igualdad de condiciones, pero con los adultos, ya estaba visto, no) o que toda la vivienda estuviera robotizada y las luces se encendieran sin orden particular hasta el final del tiempo, mucho después de que ellos dejaran de existir.
            -¡Ah, del barco! -dijo una voz, y se asustaron. Ninguno lo habría afirmado ante los demás, mucho menos ante la presencia de Cali, pero esa voz venida de ninguna parte era inquietante.
            Cali sonrió a los niños y se apoyó con tranquilidad en la fachada de la vivienda. La Casa Blanca, como habían empezado a llamarla a medida que se acercaban. A lo lejos, con la vegetación próxima y las sombras, no era tan evidente que la construcción era absolutamente blanca. Luego la desconcertó, pasados unos segundos, la voz que acababa de oír. Sonaba rara, como si no estuviera acostumbrada a hablar, suave y terriblemente asexuada. A pesar de todo, del eco de megáfono por el que había llegado, en un lugar oculto bajo su pecho, donde todos los pálpitos, esa voz la tranquilizaba. Así pues, decidió hablar ella en nombre de todos.
            -Me llamo Calíope -gritó. -Soy una niña. Venimos más niños. Por favor, abre la puerta.
 Hubo un instante de silencio interrumpido por el vuelo de un pájaro que venía de arriba de la casa, del tejado. Entonces volvió a sonar la misteriosa voz, y por primera vez Cali estuvo segura de que era la voz de un niño. Eso, o un adulto haciéndose pasar por un niño.
            -Os abriré la puerta, pero con dos condiciones. Una, que no toquéis nada, absolutamente nada hasta que lleguéis arriba. La segunda, que bajo ninguna circunstancia entréis en el ascensor. Sirve, pero no os gustaría descubrir a dónde os lleva.
            -¿Qué dice del ascensor? -preguntó Jesús, visiblemente nervioso.
            -¿Qué pasa con el ascensor? -volvió a gritar Cali.
            Ahora la voz que sonó dubitativa fue la del habitante incierto.
            -En primer lugar, cuando alguien va a una casa debe cumplir todas las reglas del anfitrión sin dudarlo. Se considera de mala educación hacer lo contrario.
            -¡Ya no existe la educación! -dijo Cali. -Murió con los adultos.
            -Se...segundo, el ascensor podría conduciros a lugares imposibles -prosiguió la voz, que se hizo solemne como la de un párroco en misa de Viernes Santo. Cada número conduce a momentos de la historia y a lugares horrendos. A la destrucción de Pompeya, a Whitechapel en 1988, al vacío del futuro más lejano, a...
            -¡Nos tomas el pelo! -gritó Papo.
            -¡Mentiroso! -dijo Arturo. -¿Nos crees tan estúpidos? No necesitamos tu ayuda. Dejaremos que te pudras ahí.
            Los niños pequeños, no obstante, aunque no comprendían las referencias (la propia Cali no sabía de qué hablaba la voz), se empezaban a asustar, y ella comenzó a dudar de lo apropiado de llevar a los niños consigo.
            -¡Vale, vale! -terció la voz. -Mamá... mamá desapareció en Whitechapel y no pudimos volver a por ella -resumió. -Por más que subimos y bajamos papá y yo en ese ascensor, no nos dejaba más que en la planta de arriba o abajo. Yo era entonces un mocoso, pero había tanto miedo en casa y pasamos tantas horas subiendo y bajando en el ascensor que jamás lo olvidaré.
            -Dice la verdad -anunció Cali en voz baja.
            -Abriré la puerta, pero haced lo que os he dicho si no queréis que suceda nada malo. Ya han pasado demasiadas cosas malas.
            Un zumbido en la pared precedió a la puerta que se abrió en el muro, tan perfectamente imbuida e integrada que pasaba por parte de la fachada. Además, era inmensa y dio lugar a un pasillo amplio con suelo de madera. Jesús encabezó la marcha, que en realidad se limitaba a los tres más mayores del grupo: él, Arturo y Papo. De hecho, prohibieron de manera contundente a Cali que entrara, y la dejaron al cuidado de los más pequeños muy a su pesar.
            -No podemos arriesgarnos a perderte -arguyó Arturo, y por primera vez desde que lo conocía, Cali supo que en realidad la admiraba y hacía eso por su bien.
            Esto la enterneció mucho, y le costó incluso más tener que quedarse afuera a la espera de que sus hombres se adentraran en lo desconocido. Pensó en el ascensor. Un ascensor que acababa con las personas. Un ascensor que era un portal a otras épocas y lugares. Era descabellado, pero de tan descabellado que era pensó que todo aquello era cierto, y que lo primero que propondría Jesús sería investigar en la caja metálica.

jueves, 3 de febrero de 2011

Cali



Queridos niños:


Uno de los capítulos iniciales de la novela comenzaba con la anunciación de la llegada de Jesús. Naturalmente, era una alusión sensacionalista para que la gente pensara en el Mesías. En cualquier caso, esto quedó en una anécdota insignificante porque Jesús era un niño de nueve años, gitano, que fumaba en la puerta de su casa en un  poblado chabolista. Ahora necesitaba a alguien que anunciara la llegada del supuesto protagonista, y para ello creé a su hermana pequeña, una cría de tres años, pelo corto, piel morena, cara sucia y ojos enormes, una suerte de Ana Torrent calé. Por si fuera poco, esa niña, para ser tan pequeña, debía ser muy espabilada para estar ahí, sola en la calle alegre por la llegada de su hermano. Claro que eso me dejaba en nada. ¿Qué interés tiene una mocosa que espera a su hermano mayor en la calle? Ninguna, salvo que esa mocosa tenga algo poderoso. Y lo tiene. En principio iba a ser mera empatía, comportamiento extraño para una niña de su edad, hacerla superdotada (pero sería el segundo personaje con esa cualidad en la novela). Luego hice que fuera capaz de prever ciertas situaciones o sucesos futuros. Al final tenía a una psíquica de tres años que se ha ganado con fuerza el protagonismo de todo el libro, y es que el personaje se deja hacer y ya he visto la imagen con que acabará el libro, y en ella aparece una Cali que ha visto cambiar el mundo.
A todo esto, necesitaba un nombre fuerte, y no sé cómo se me ocurrió Calíope (de hecho, no soy muy aficionado a la mitología griega ni la conozco bien) y cómo se ganó el nombre. El hecho de que su familia la llame Cali no es más que una cuestión de improbable verosimilitud. Y es que Queridos niños es, más allá de la novela de ciencia-ficción o fantasía, una historia realista en su visión del mundo y de las relaciones humanas, una historia de causa-consecuencia, pero también una historia donde caben hechos sin explicación y cierta magia o fantasía al más puro estilo La lluvia amarilla o Cien años de soledad, por citar ejemplos inabarcables.
         Llegado este punto, sólo me queda añadir que Cali aún tiene que crecer, y lo hará como nadie. Os adelanto ya que el Tiempo es otro personaje de la novela.
Afectuosamente,


Jose

viernes, 31 de diciembre de 2010

En el punto de partida

Queridos niños:


Una mañana, al despertar, a algo así como las nueve o las diez, todos los adultos del planeta caerán muertos. Todos con una excepción, dos hermanos gemelos de cincuenta años que, por otra parte, seguirán con sus vidas hasta la última consecuencia. El límite entre los vivos y los muertos será aproximadamente los dieciséis años. Así, los más viejos del planeta tendrán quince años y poco más que meses para ponerlo todo en orden. O tendrán que confiar en los pequeños. Esa muerte global será todo un misterio. ¿Qué pueden hacer los niños para que el mundo funcione? ¿Cuánto tiempo durará el mundo sin que todo se colapse? ¿Qué es el mundo, qué es la Humanidad sin apenas humanos?


Siempre vuestro,

Jose

jueves, 23 de diciembre de 2010

Nace una novela

Queridos niños:


No esperaba tenerlo tan claro. Un día, cuando volvía de Sevilla en tren, mientras leía El resplandor (Stephen King), vi una imagen clarísima. Un hotel vacío/desierto/ abandonado salvo por dos niñas. Un hotel que haría palidecer al mismo Overlook. Un comedor que, conforme se ensucia, va marcando el ritmo de la novela. Los días. Las semanas. Los meses. Tal vez los años. Ésa fue la primera idea a la que le di vueltas. Luego vinieron otras muchas de niños abandonados, perdidos en un mundo sin adultos. La idea está trilladísima, cierto, pero cuando nos obsesionan algunas imágenes o personajes no podemos obviarlos como si nada: a mí al menos me siguen hasta que escribo su historia, y por nada en el mundo querría despertarme una noche y verme rodeado de huérfanos asustados. Luego, uniendo piezas de varias de estas imágenes, busqué un factor común, el hilo conductor que diera entereza a un puñado de relatos simples y los convirtiera en una novela. El hilo en principio se presentó en forma de muerte, o de Muerte, pero luego recapacité. Los niños no temen la Muerte. Tienen otras prioridades en su escala de terror… Estaba ahí, tan evidente que daba miedo. Miedo. El miedo. El puto miedo. Miedo a todo, galerías de monstruos y miedos, la fantasía más oscura de los niños. Así comienza el viaje:

Todos los niños tienen miedo.
   Bueno, en realidad todas las personas tienen miedo, no sólo los niños. Miedo a envejecer, a la enfermedad, a los espíritus, al mar, a los peluches, a las FARC, a las orugas, a los payasos, a los políticos —disculpen la unión de ideas—, a los curas, a la sangre, a los muertos, a los cementerios, a los adivinos, a una plancha caliente, al fuego, a los perros, a la discriminación, a los aviones, a los bolígrafos. Miedo, en definitiva, a la vida.

            Total, tengo un hotel y dos niñas. Y el miedo. ¿Una novela de terror? No, ya he jugado en esa liga. Una novela que abarque un poco de todo: habrá terror, desde luego, pero también realismo (sucio, mágico; sucio o mágico, sucio y mágico) y ciencia-ficción, drama, quién sabe si matices de humor (fino y negrísimo, estoy seguro), amor como última medicina y terrores mundanos. Un poco de todo. Y una protagonista tan excepcional que se merece toda una novela, pero de ella os hablaré otro día: la pequeña Calíope aún tiene que nacer….

Atentamente,

Jose