Una novela de Jose Alberto Arias. En proceso de creación.
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lunes, 30 de julio de 2012

El miedo de los niños


Si hace unos meses cerré la primera parte de la novela (recordemos, el inicio, presentación de los personajes y la aparición del conlicto del relato), hoy mismo he tenido la suerte, el placer y el desagravio de terminar la segunda parte. Digo esto porque es mucho tiempo acompañando a los niños en su periplo en la que podría ser una de las partes más duras de Queridos niños; después de todo, se trata de una pequeña novela de terror dentro del conjunto.
     En cuanto a datos, 104 páginas de nada divididas en tres bloques: 1) Reunión, 2) Convergencia y 3) La noche. Lo cierto es que transcurre poquísimo tiempo, pero se tratan de muchas tramas  conectadas de manera directa o indirecta. He tenido que establecer nuevamente las reglas que rigen la narración, y cuando me ponga con la tercera parte (cuando me empape de novela negra, de género, cuando acabe enganchado a la nicotina) volverá a tocar resetear todo el estilo.
      Sé que da la sensación de que la novela avanza poco, pero me atrevo a asegurar que la espera valdrá la pena. Lo cierto es que el fondo de la novela lo tengo muy claro, sé prácticamente todo lo que va a suceder en las siete partes en que consiste Queridos niños, pero la forma supone un reto continuo. Tengo muchas lecturas pendientes a este respecto. Paciencia, saboread mientras las pequeñas muestras que os voy dejando por aquí.

viernes, 7 de octubre de 2011

El género

Lo que más admiro de los escritores a los que admiro es la capacidad de jugar con los géneros. Si bien la novela será eminentemente narrativa tradicional, una novela al uso, a nivel temático pretendo que el juego vaya más allá. Es decir, no haré como Ricardo Menéndez Salmón o Mauricio Wiesenthal, quienes mezclan ensayo y narrativa con una sencillez extraordinaria.
De este modo, para empezar la estructura no será todo lo lineal que cabría esperarse. Abre el libro con cinco tramas paralelas a las que se van sumando y restando a medida que pasan las páginas. Cada parte (en principio serán cinco o seis) se centrará en un género o temática, si bien todo irá en función a un tono común. Se trata la novela de un viaje alucinado a través del tiempo en una sociedad nueva con leyes nuevas, una política nueva, nueva religión, nuevos conceptos de términos como familia, amistad, amor, maternidad y, sobre todo, muerte.

viernes, 19 de agosto de 2011

Calíope: buscar sentido a lo inextricable

Calíope, la musa del centro, junto a su hermana Urania
En la mitología griega, Calíope (en griego antiguo Καλλιόπη Kalliópê, ‘la de la bella voz’) es la musa de la poesía épica y la elocuencia. Se le representa con las características de una muchacha de aire majestuoso, llevando una corona dorada, emblema que según Hesíodo indica su supremacía sobre las demás musas. Se adorna con guirnaldas, llevando una trompeta en una mano y un poema épico en la otra.
Como las demás musas, Calíope es hija de Zeus y Mnemósine (la Memoria). Se casó con Eagro y con él fue madre de Orfeo, Marsias y Lino, si bien también se dice que el padre de este último fue Apolo. Con Estrimón, uno de los oceánidas, fue madre de Reso, un rey tracio que murió en la Guerra de Troya el día siguiente de su llegada. Estrabón afirma que fue madre con Zeus de los Coribantes. Algunas fuentes le atribuyen la maternidad de Himeneo, dios de los esponsales y del canto nupcial, si bien otras afirman que era hija de Clío o Urania.
Se dice que Calíope quedó prendada de Heracles y le enseñó el modo de reconfortar a sus amigos cantando en los banquetes. En otra ocasión Zeus le encargó la resolución de la embarazosa disputa entre Afrodita y Perséfone por la custodia (y disfrute) de Adonis. La resolvió decidiendo que Adonis pasase cuatro meses con Afrodita, cuatro con Perséfone y los cuatro restantes del año con quien él eligiera. Adonis siempre escogió a Afrodita porque Perséfone era la diosa fría e insensible del inframundo.

Fuente: Wikipedia

domingo, 5 de junio de 2011

Arturo contra el mundo

            Arturo sabía ciertas cosas, o al menos creía saberlas. Sabía, por ejemplo, que los hombres eran lo que hacían, sus actos, sus decisiones, sus batallas ganadas, su suma de derrotas, y a veces los hombres no eran más que títeres de un Destino que los hacía ser de un modo a otro, y esto a Arturo lo entristecía profundamente, porque miraba alrededor, a los hombres y mujeres del público, los más atractivos en primera fila, para acaparar la atención de las cámaras, los feos al fondo, para pasar desapercibidos, la regidora gritando órdenes que a nadie importaban, menos a ella que a nadie, o al presentador, que cuanto tenía en el mundo era una sonrisa blanqueada artificialmente y una chequera con muchos ceros en el bolsillo del traje prestado por sastrería, y Arturo observaba y pensaba esto y estaba convencido de que los hombres habían dejado de ser hacía cientos de años, conjuntos de siglos en los que los hombres, a medida que se alejaban del mono, a medida que cambiaban el árbol por el suelo firme, dejaban de ser libres y ser hombres para ser piezas de una maquinaria que los igualaba ante los ojos de Dios y de la Historia.

domingo, 13 de marzo de 2011

Cuentacuentos 50

Aquí, una pequeña muestra de lo que será la novela, esta vez de mano de la iniciativa de El Cuentacuentos


EL HABITANTE INCIERTO






De repente un día, todo comenzó de nuevo. Visitaron la casa en medio de la sierra, ésa que llevaba años abandonada, ésa donde nadie entraba ni salía, la única casa que brillaba en años. De noche, en mitad de la oscuridad de la sierra, en el silencio irascible en que se había sumido el mundo, un leve siseo, un rumor artificial parecía llegar de arriba y las ventanas se iluminaban y apagaban a voluntad como si el fantasma de la civilización hubiera decidido instalarse en medio de la nada, lejos de los niños y la ciudad con su suciedad y sus muertos.
            La excursión ascendió por la carretera a paso ligero. De vez en cuando, alguno de los pequeños se quejaba y Papo se secaba el sudor que le perlaba la frente.
            -No vamos a llegar nunca -dijo Arturo. -Además, ¿para qué vamos?
            -En esa casa nos espera alguien -respondió Cali, y Arturo aceptó su respuesta y encogió la cabeza. Jesús comenzó a silbar una antigua (¿acaso no era ya todo antiguo?) melodía flamenca que canturreaba a todas horas, y varios de sus acompañantes lo imitaron. Cali se acordó de Blancanieves y los enanos, y se dijo que ellos eran todos enanos con la misión de despertar a la princesa dormida en medio del bosque, en esa casa que bien podía ser el castillo de la reina. Bebió de la botella y dejó de pensar.
            Cuando pasaron junto a un árbol enorme, leyó en el tronco una pintada con la palabra "CAL" y se sintió mal. Ella no había pedido nada de ello, que cambiara el mundo, ni mucho menos que cambiara de ese modo, en torno a ella. Tampoco había pedido que sobreviviera el hombre.
            -¿Sabes qué, Cali? -dijo Papo a su oído.
            -Echo de menos a Ángela.
            -Eso pasa.
            -¿Por qué?
            -Cuando te enamoras echas de menos y no puedes vivir lejos de ella. Cuesta más respirar...
            -Cali.
            -¿Hmmm?
            -¿Cómo sabes tanto?
            -No sé, esas son cosas que sabemos todas las mujeres.
            -¿También Ángela?
            -Sobre todo, las princesas.


Cuando llegaron a la casa, ya era mediodía. El sol comenzaba a apretar, y no lograban atisbar una puerta o ranura donde llamar la atención de los posibles moradores. Hablaron largo y tendido de los rumores que generaba la casa: que dentro hubiera seres inhumanos, tal vez venidos de otro planeta, que fueran adultos (en realidad, la posibilidad que más les aterraba; con los niños se encontraban en igualdad de condiciones, pero con los adultos, ya estaba visto, no) o que toda la vivienda estuviera robotizada y las luces se encendieran sin orden particular hasta el final del tiempo, mucho después de que ellos dejaran de existir.
            -¡Ah, del barco! -dijo una voz, y se asustaron. Ninguno lo habría afirmado ante los demás, mucho menos ante la presencia de Cali, pero esa voz venida de ninguna parte era inquietante.
            Cali sonrió a los niños y se apoyó con tranquilidad en la fachada de la vivienda. La Casa Blanca, como habían empezado a llamarla a medida que se acercaban. A lo lejos, con la vegetación próxima y las sombras, no era tan evidente que la construcción era absolutamente blanca. Luego la desconcertó, pasados unos segundos, la voz que acababa de oír. Sonaba rara, como si no estuviera acostumbrada a hablar, suave y terriblemente asexuada. A pesar de todo, del eco de megáfono por el que había llegado, en un lugar oculto bajo su pecho, donde todos los pálpitos, esa voz la tranquilizaba. Así pues, decidió hablar ella en nombre de todos.
            -Me llamo Calíope -gritó. -Soy una niña. Venimos más niños. Por favor, abre la puerta.
 Hubo un instante de silencio interrumpido por el vuelo de un pájaro que venía de arriba de la casa, del tejado. Entonces volvió a sonar la misteriosa voz, y por primera vez Cali estuvo segura de que era la voz de un niño. Eso, o un adulto haciéndose pasar por un niño.
            -Os abriré la puerta, pero con dos condiciones. Una, que no toquéis nada, absolutamente nada hasta que lleguéis arriba. La segunda, que bajo ninguna circunstancia entréis en el ascensor. Sirve, pero no os gustaría descubrir a dónde os lleva.
            -¿Qué dice del ascensor? -preguntó Jesús, visiblemente nervioso.
            -¿Qué pasa con el ascensor? -volvió a gritar Cali.
            Ahora la voz que sonó dubitativa fue la del habitante incierto.
            -En primer lugar, cuando alguien va a una casa debe cumplir todas las reglas del anfitrión sin dudarlo. Se considera de mala educación hacer lo contrario.
            -¡Ya no existe la educación! -dijo Cali. -Murió con los adultos.
            -Se...segundo, el ascensor podría conduciros a lugares imposibles -prosiguió la voz, que se hizo solemne como la de un párroco en misa de Viernes Santo. Cada número conduce a momentos de la historia y a lugares horrendos. A la destrucción de Pompeya, a Whitechapel en 1988, al vacío del futuro más lejano, a...
            -¡Nos tomas el pelo! -gritó Papo.
            -¡Mentiroso! -dijo Arturo. -¿Nos crees tan estúpidos? No necesitamos tu ayuda. Dejaremos que te pudras ahí.
            Los niños pequeños, no obstante, aunque no comprendían las referencias (la propia Cali no sabía de qué hablaba la voz), se empezaban a asustar, y ella comenzó a dudar de lo apropiado de llevar a los niños consigo.
            -¡Vale, vale! -terció la voz. -Mamá... mamá desapareció en Whitechapel y no pudimos volver a por ella -resumió. -Por más que subimos y bajamos papá y yo en ese ascensor, no nos dejaba más que en la planta de arriba o abajo. Yo era entonces un mocoso, pero había tanto miedo en casa y pasamos tantas horas subiendo y bajando en el ascensor que jamás lo olvidaré.
            -Dice la verdad -anunció Cali en voz baja.
            -Abriré la puerta, pero haced lo que os he dicho si no queréis que suceda nada malo. Ya han pasado demasiadas cosas malas.
            Un zumbido en la pared precedió a la puerta que se abrió en el muro, tan perfectamente imbuida e integrada que pasaba por parte de la fachada. Además, era inmensa y dio lugar a un pasillo amplio con suelo de madera. Jesús encabezó la marcha, que en realidad se limitaba a los tres más mayores del grupo: él, Arturo y Papo. De hecho, prohibieron de manera contundente a Cali que entrara, y la dejaron al cuidado de los más pequeños muy a su pesar.
            -No podemos arriesgarnos a perderte -arguyó Arturo, y por primera vez desde que lo conocía, Cali supo que en realidad la admiraba y hacía eso por su bien.
            Esto la enterneció mucho, y le costó incluso más tener que quedarse afuera a la espera de que sus hombres se adentraran en lo desconocido. Pensó en el ascensor. Un ascensor que acababa con las personas. Un ascensor que era un portal a otras épocas y lugares. Era descabellado, pero de tan descabellado que era pensó que todo aquello era cierto, y que lo primero que propondría Jesús sería investigar en la caja metálica.

viernes, 31 de diciembre de 2010

En el punto de partida

Queridos niños:


Una mañana, al despertar, a algo así como las nueve o las diez, todos los adultos del planeta caerán muertos. Todos con una excepción, dos hermanos gemelos de cincuenta años que, por otra parte, seguirán con sus vidas hasta la última consecuencia. El límite entre los vivos y los muertos será aproximadamente los dieciséis años. Así, los más viejos del planeta tendrán quince años y poco más que meses para ponerlo todo en orden. O tendrán que confiar en los pequeños. Esa muerte global será todo un misterio. ¿Qué pueden hacer los niños para que el mundo funcione? ¿Cuánto tiempo durará el mundo sin que todo se colapse? ¿Qué es el mundo, qué es la Humanidad sin apenas humanos?


Siempre vuestro,

Jose