Una novela de Jose Alberto Arias. En proceso de creación.
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viernes, 7 de octubre de 2011

El género

Lo que más admiro de los escritores a los que admiro es la capacidad de jugar con los géneros. Si bien la novela será eminentemente narrativa tradicional, una novela al uso, a nivel temático pretendo que el juego vaya más allá. Es decir, no haré como Ricardo Menéndez Salmón o Mauricio Wiesenthal, quienes mezclan ensayo y narrativa con una sencillez extraordinaria.
De este modo, para empezar la estructura no será todo lo lineal que cabría esperarse. Abre el libro con cinco tramas paralelas a las que se van sumando y restando a medida que pasan las páginas. Cada parte (en principio serán cinco o seis) se centrará en un género o temática, si bien todo irá en función a un tono común. Se trata la novela de un viaje alucinado a través del tiempo en una sociedad nueva con leyes nuevas, una política nueva, nueva religión, nuevos conceptos de términos como familia, amistad, amor, maternidad y, sobre todo, muerte.

miércoles, 31 de agosto de 2011

El hombre menguante

Rompían corazones los niños
al perderse en el bosque,
al vagar por los montes.
Los niños…
Escribían caminos de hormiga
senderos de miga
veredas de miedo
abrazos, recelo.
Los niños…
Comían corazones los niños
al crecer en el ébano negro
en la carne más prieta
en el pecho más firme
de diosa africana.
Mamaban el agua frugal
mascaban de frutas racimos.
Habían ya crecido los niños.
Amaban el cuerpo
como se ama un pajarillo,
como un ramo de cardos
amaban el pecho de Helena.
Los niños…
Al perderse en el bosque,
al vagar por el bosque
rompían corazones los hombres.

viernes, 19 de agosto de 2011

Calíope: buscar sentido a lo inextricable

Calíope, la musa del centro, junto a su hermana Urania
En la mitología griega, Calíope (en griego antiguo Καλλιόπη Kalliópê, ‘la de la bella voz’) es la musa de la poesía épica y la elocuencia. Se le representa con las características de una muchacha de aire majestuoso, llevando una corona dorada, emblema que según Hesíodo indica su supremacía sobre las demás musas. Se adorna con guirnaldas, llevando una trompeta en una mano y un poema épico en la otra.
Como las demás musas, Calíope es hija de Zeus y Mnemósine (la Memoria). Se casó con Eagro y con él fue madre de Orfeo, Marsias y Lino, si bien también se dice que el padre de este último fue Apolo. Con Estrimón, uno de los oceánidas, fue madre de Reso, un rey tracio que murió en la Guerra de Troya el día siguiente de su llegada. Estrabón afirma que fue madre con Zeus de los Coribantes. Algunas fuentes le atribuyen la maternidad de Himeneo, dios de los esponsales y del canto nupcial, si bien otras afirman que era hija de Clío o Urania.
Se dice que Calíope quedó prendada de Heracles y le enseñó el modo de reconfortar a sus amigos cantando en los banquetes. En otra ocasión Zeus le encargó la resolución de la embarazosa disputa entre Afrodita y Perséfone por la custodia (y disfrute) de Adonis. La resolvió decidiendo que Adonis pasase cuatro meses con Afrodita, cuatro con Perséfone y los cuatro restantes del año con quien él eligiera. Adonis siempre escogió a Afrodita porque Perséfone era la diosa fría e insensible del inframundo.

Fuente: Wikipedia

viernes, 15 de julio de 2011

Fin de la primera parte: renovelación

Como lo oyen: ya he terminado la primera parte, y aunque aún no le he dado forma a la segundo, empiezo a hacer esquemas con las seis, siete tramas principales. Y, por si fuera poco, cuando ya tenía elegida la frase con que habrá de acabar la novela, la última palabra, va y me nace otra parte. Una parte surgida de la nada, de las noches de insomnio y descubrimientos, de lecturas que nadie esperaba. Una parte que puede complementar y cerrar la historia de una manera perfecta, que haga encajar las piezas como en un reloj suizo. Bueno, todo esto ya se verá. De momento, tengo que hacer el entretiempo que sigue a la primera parte, esos capítulos necesarios en tierra de nadie. Ah, y van tomando forma los villanos, que no son los que tenía en mente en un principio.
Vamos, una señora remodelación de la novela.


domingo, 19 de junio de 2011

Un mal sueño lo tiene cualquiera

Se encontraba en una sala grande y gris, de suelo brillante y luz tenue y azulada, como en una cámara frigorífica. Al fondo de la estancia, colgada en la pared como un cuadro, se encontraba Yaya con los ojos cubiertos por tiritas. Además, alguien le había pintado los labios con un carmín rojísimo y sonreía, muerta, como un payaso horrible. Cuando Mario intentaba gritar su nombre, descubría que tenía la boca pastosa y llena de algo, y al hacer el esfuerzo de hablar, de la boca empezaba a manarle una gacha del mismo color gris que el suelo. Lo peor es que no se trataba sólo de una bola de masa, sino que su boca se convertía en una fuente y la sustancia cubría el suelo y se convertía en el suelo y Mario apenas podía respirar y se imaginaba como una hormigonera. Entonces, cuando dejaba de pensar en Yaya, es decir, cuando se daba cuenta de que ya no pensaba en Yaya, la corriente cesó y pudo ver el resto de la habitación en detalle, que ahora resultaba estar llena de gente. Pero los rostros aparecían borrosos, como desenfocados por una lente rayada, así que Mario se acercó a uno de los desconocidos, un hombre trajeado que se volvió con su cara borrosa como una nube y le dedicó una sonrisa, y cuando él entornó los ojos para verle bien los rasgos se dio cuenta de que en lugar de piel tenía tela, y la cara era como una bolsa de hilo cosida y los ojos botones y la nariz y labios trazos a rotulador, y no sólo eso, sino que todos los adultos eran iguales. Todos los presentes eran monstruos de tela salvo Yaya, pero estaba muerta. Entonces Mario empezaba a llorar desconsolado y se acercaba poco a poco a la pared donde descansaba su abuela, y entonces podía ver cómo en el muro, acompañando a Yaya, también estaban sus padres, uno a cada lado, y el pequeño Jaime encima, todos muertos y colgados como mariposas en un libro que apesta a naftalina. Claro que no quedaba ahí la cosa: Yaya se agitaba en la pared primero como si todo temblara en un terremoto, luego como si el cuerpo estuviera poseído por el diablo, luego como se pretendiera bajar de la pared por voluntad propia, y se impulsaba hasta caer en pie. Una vez en el suelo, Yaya se acercó a Mario, aún muerta como si fuera un zombi y rebuscó a tientas en el camisón y encontró un trozo de tela beige, del mismo tono que habían usado para cubrir los rostros de los demás desconocidos de la habitación, y él tenía claro que ahora venían a por él para transformarlo en una de esas criaturas, de modo que emprendió la huida pero apenas podía correr, y los metros de baldosa se transformaban en kilómetros y del suelo comenzaron a brotar protuberancias que en principio eran como baches, pero que pasado un tiempo cobraban forma de manos, y no sólo de manos cualquiera, sino de manos "infantiles" y pronto la sala comenzó a parecer un gran jardín invernadero donde se cultivaban manos de niños como flores marchitas y terribles. Justo cuando una de las manos le agarró por el tobillo y cayó de bruces, justo entonces, cuando las uñas afiladas y pequeñas de otra mano se le clavaban en los ojos, cuando una tercera mano le tiraba del pelo, cuando no tenía escapatoria posible, entonces despertó.

domingo, 5 de junio de 2011

Arturo contra el mundo

            Arturo sabía ciertas cosas, o al menos creía saberlas. Sabía, por ejemplo, que los hombres eran lo que hacían, sus actos, sus decisiones, sus batallas ganadas, su suma de derrotas, y a veces los hombres no eran más que títeres de un Destino que los hacía ser de un modo a otro, y esto a Arturo lo entristecía profundamente, porque miraba alrededor, a los hombres y mujeres del público, los más atractivos en primera fila, para acaparar la atención de las cámaras, los feos al fondo, para pasar desapercibidos, la regidora gritando órdenes que a nadie importaban, menos a ella que a nadie, o al presentador, que cuanto tenía en el mundo era una sonrisa blanqueada artificialmente y una chequera con muchos ceros en el bolsillo del traje prestado por sastrería, y Arturo observaba y pensaba esto y estaba convencido de que los hombres habían dejado de ser hacía cientos de años, conjuntos de siglos en los que los hombres, a medida que se alejaban del mono, a medida que cambiaban el árbol por el suelo firme, dejaban de ser libres y ser hombres para ser piezas de una maquinaria que los igualaba ante los ojos de Dios y de la Historia.