Una novela de Jose Alberto Arias. En proceso de creación.
Loading...

domingo, 19 de junio de 2011

Un mal sueño lo tiene cualquiera

Se encontraba en una sala grande y gris, de suelo brillante y luz tenue y azulada, como en una cámara frigorífica. Al fondo de la estancia, colgada en la pared como un cuadro, se encontraba Yaya con los ojos cubiertos por tiritas. Además, alguien le había pintado los labios con un carmín rojísimo y sonreía, muerta, como un payaso horrible. Cuando Mario intentaba gritar su nombre, descubría que tenía la boca pastosa y llena de algo, y al hacer el esfuerzo de hablar, de la boca empezaba a manarle una gacha del mismo color gris que el suelo. Lo peor es que no se trataba sólo de una bola de masa, sino que su boca se convertía en una fuente y la sustancia cubría el suelo y se convertía en el suelo y Mario apenas podía respirar y se imaginaba como una hormigonera. Entonces, cuando dejaba de pensar en Yaya, es decir, cuando se daba cuenta de que ya no pensaba en Yaya, la corriente cesó y pudo ver el resto de la habitación en detalle, que ahora resultaba estar llena de gente. Pero los rostros aparecían borrosos, como desenfocados por una lente rayada, así que Mario se acercó a uno de los desconocidos, un hombre trajeado que se volvió con su cara borrosa como una nube y le dedicó una sonrisa, y cuando él entornó los ojos para verle bien los rasgos se dio cuenta de que en lugar de piel tenía tela, y la cara era como una bolsa de hilo cosida y los ojos botones y la nariz y labios trazos a rotulador, y no sólo eso, sino que todos los adultos eran iguales. Todos los presentes eran monstruos de tela salvo Yaya, pero estaba muerta. Entonces Mario empezaba a llorar desconsolado y se acercaba poco a poco a la pared donde descansaba su abuela, y entonces podía ver cómo en el muro, acompañando a Yaya, también estaban sus padres, uno a cada lado, y el pequeño Jaime encima, todos muertos y colgados como mariposas en un libro que apesta a naftalina. Claro que no quedaba ahí la cosa: Yaya se agitaba en la pared primero como si todo temblara en un terremoto, luego como si el cuerpo estuviera poseído por el diablo, luego como se pretendiera bajar de la pared por voluntad propia, y se impulsaba hasta caer en pie. Una vez en el suelo, Yaya se acercó a Mario, aún muerta como si fuera un zombi y rebuscó a tientas en el camisón y encontró un trozo de tela beige, del mismo tono que habían usado para cubrir los rostros de los demás desconocidos de la habitación, y él tenía claro que ahora venían a por él para transformarlo en una de esas criaturas, de modo que emprendió la huida pero apenas podía correr, y los metros de baldosa se transformaban en kilómetros y del suelo comenzaron a brotar protuberancias que en principio eran como baches, pero que pasado un tiempo cobraban forma de manos, y no sólo de manos cualquiera, sino de manos "infantiles" y pronto la sala comenzó a parecer un gran jardín invernadero donde se cultivaban manos de niños como flores marchitas y terribles. Justo cuando una de las manos le agarró por el tobillo y cayó de bruces, justo entonces, cuando las uñas afiladas y pequeñas de otra mano se le clavaban en los ojos, cuando una tercera mano le tiraba del pelo, cuando no tenía escapatoria posible, entonces despertó.

domingo, 5 de junio de 2011

Arturo contra el mundo

            Arturo sabía ciertas cosas, o al menos creía saberlas. Sabía, por ejemplo, que los hombres eran lo que hacían, sus actos, sus decisiones, sus batallas ganadas, su suma de derrotas, y a veces los hombres no eran más que títeres de un Destino que los hacía ser de un modo a otro, y esto a Arturo lo entristecía profundamente, porque miraba alrededor, a los hombres y mujeres del público, los más atractivos en primera fila, para acaparar la atención de las cámaras, los feos al fondo, para pasar desapercibidos, la regidora gritando órdenes que a nadie importaban, menos a ella que a nadie, o al presentador, que cuanto tenía en el mundo era una sonrisa blanqueada artificialmente y una chequera con muchos ceros en el bolsillo del traje prestado por sastrería, y Arturo observaba y pensaba esto y estaba convencido de que los hombres habían dejado de ser hacía cientos de años, conjuntos de siglos en los que los hombres, a medida que se alejaban del mono, a medida que cambiaban el árbol por el suelo firme, dejaban de ser libres y ser hombres para ser piezas de una maquinaria que los igualaba ante los ojos de Dios y de la Historia.

domingo, 13 de marzo de 2011

Cuentacuentos 50

Aquí, una pequeña muestra de lo que será la novela, esta vez de mano de la iniciativa de El Cuentacuentos


EL HABITANTE INCIERTO






De repente un día, todo comenzó de nuevo. Visitaron la casa en medio de la sierra, ésa que llevaba años abandonada, ésa donde nadie entraba ni salía, la única casa que brillaba en años. De noche, en mitad de la oscuridad de la sierra, en el silencio irascible en que se había sumido el mundo, un leve siseo, un rumor artificial parecía llegar de arriba y las ventanas se iluminaban y apagaban a voluntad como si el fantasma de la civilización hubiera decidido instalarse en medio de la nada, lejos de los niños y la ciudad con su suciedad y sus muertos.
            La excursión ascendió por la carretera a paso ligero. De vez en cuando, alguno de los pequeños se quejaba y Papo se secaba el sudor que le perlaba la frente.
            -No vamos a llegar nunca -dijo Arturo. -Además, ¿para qué vamos?
            -En esa casa nos espera alguien -respondió Cali, y Arturo aceptó su respuesta y encogió la cabeza. Jesús comenzó a silbar una antigua (¿acaso no era ya todo antiguo?) melodía flamenca que canturreaba a todas horas, y varios de sus acompañantes lo imitaron. Cali se acordó de Blancanieves y los enanos, y se dijo que ellos eran todos enanos con la misión de despertar a la princesa dormida en medio del bosque, en esa casa que bien podía ser el castillo de la reina. Bebió de la botella y dejó de pensar.
            Cuando pasaron junto a un árbol enorme, leyó en el tronco una pintada con la palabra "CAL" y se sintió mal. Ella no había pedido nada de ello, que cambiara el mundo, ni mucho menos que cambiara de ese modo, en torno a ella. Tampoco había pedido que sobreviviera el hombre.
            -¿Sabes qué, Cali? -dijo Papo a su oído.
            -Echo de menos a Ángela.
            -Eso pasa.
            -¿Por qué?
            -Cuando te enamoras echas de menos y no puedes vivir lejos de ella. Cuesta más respirar...
            -Cali.
            -¿Hmmm?
            -¿Cómo sabes tanto?
            -No sé, esas son cosas que sabemos todas las mujeres.
            -¿También Ángela?
            -Sobre todo, las princesas.


Cuando llegaron a la casa, ya era mediodía. El sol comenzaba a apretar, y no lograban atisbar una puerta o ranura donde llamar la atención de los posibles moradores. Hablaron largo y tendido de los rumores que generaba la casa: que dentro hubiera seres inhumanos, tal vez venidos de otro planeta, que fueran adultos (en realidad, la posibilidad que más les aterraba; con los niños se encontraban en igualdad de condiciones, pero con los adultos, ya estaba visto, no) o que toda la vivienda estuviera robotizada y las luces se encendieran sin orden particular hasta el final del tiempo, mucho después de que ellos dejaran de existir.
            -¡Ah, del barco! -dijo una voz, y se asustaron. Ninguno lo habría afirmado ante los demás, mucho menos ante la presencia de Cali, pero esa voz venida de ninguna parte era inquietante.
            Cali sonrió a los niños y se apoyó con tranquilidad en la fachada de la vivienda. La Casa Blanca, como habían empezado a llamarla a medida que se acercaban. A lo lejos, con la vegetación próxima y las sombras, no era tan evidente que la construcción era absolutamente blanca. Luego la desconcertó, pasados unos segundos, la voz que acababa de oír. Sonaba rara, como si no estuviera acostumbrada a hablar, suave y terriblemente asexuada. A pesar de todo, del eco de megáfono por el que había llegado, en un lugar oculto bajo su pecho, donde todos los pálpitos, esa voz la tranquilizaba. Así pues, decidió hablar ella en nombre de todos.
            -Me llamo Calíope -gritó. -Soy una niña. Venimos más niños. Por favor, abre la puerta.
 Hubo un instante de silencio interrumpido por el vuelo de un pájaro que venía de arriba de la casa, del tejado. Entonces volvió a sonar la misteriosa voz, y por primera vez Cali estuvo segura de que era la voz de un niño. Eso, o un adulto haciéndose pasar por un niño.
            -Os abriré la puerta, pero con dos condiciones. Una, que no toquéis nada, absolutamente nada hasta que lleguéis arriba. La segunda, que bajo ninguna circunstancia entréis en el ascensor. Sirve, pero no os gustaría descubrir a dónde os lleva.
            -¿Qué dice del ascensor? -preguntó Jesús, visiblemente nervioso.
            -¿Qué pasa con el ascensor? -volvió a gritar Cali.
            Ahora la voz que sonó dubitativa fue la del habitante incierto.
            -En primer lugar, cuando alguien va a una casa debe cumplir todas las reglas del anfitrión sin dudarlo. Se considera de mala educación hacer lo contrario.
            -¡Ya no existe la educación! -dijo Cali. -Murió con los adultos.
            -Se...segundo, el ascensor podría conduciros a lugares imposibles -prosiguió la voz, que se hizo solemne como la de un párroco en misa de Viernes Santo. Cada número conduce a momentos de la historia y a lugares horrendos. A la destrucción de Pompeya, a Whitechapel en 1988, al vacío del futuro más lejano, a...
            -¡Nos tomas el pelo! -gritó Papo.
            -¡Mentiroso! -dijo Arturo. -¿Nos crees tan estúpidos? No necesitamos tu ayuda. Dejaremos que te pudras ahí.
            Los niños pequeños, no obstante, aunque no comprendían las referencias (la propia Cali no sabía de qué hablaba la voz), se empezaban a asustar, y ella comenzó a dudar de lo apropiado de llevar a los niños consigo.
            -¡Vale, vale! -terció la voz. -Mamá... mamá desapareció en Whitechapel y no pudimos volver a por ella -resumió. -Por más que subimos y bajamos papá y yo en ese ascensor, no nos dejaba más que en la planta de arriba o abajo. Yo era entonces un mocoso, pero había tanto miedo en casa y pasamos tantas horas subiendo y bajando en el ascensor que jamás lo olvidaré.
            -Dice la verdad -anunció Cali en voz baja.
            -Abriré la puerta, pero haced lo que os he dicho si no queréis que suceda nada malo. Ya han pasado demasiadas cosas malas.
            Un zumbido en la pared precedió a la puerta que se abrió en el muro, tan perfectamente imbuida e integrada que pasaba por parte de la fachada. Además, era inmensa y dio lugar a un pasillo amplio con suelo de madera. Jesús encabezó la marcha, que en realidad se limitaba a los tres más mayores del grupo: él, Arturo y Papo. De hecho, prohibieron de manera contundente a Cali que entrara, y la dejaron al cuidado de los más pequeños muy a su pesar.
            -No podemos arriesgarnos a perderte -arguyó Arturo, y por primera vez desde que lo conocía, Cali supo que en realidad la admiraba y hacía eso por su bien.
            Esto la enterneció mucho, y le costó incluso más tener que quedarse afuera a la espera de que sus hombres se adentraran en lo desconocido. Pensó en el ascensor. Un ascensor que acababa con las personas. Un ascensor que era un portal a otras épocas y lugares. Era descabellado, pero de tan descabellado que era pensó que todo aquello era cierto, y que lo primero que propondría Jesús sería investigar en la caja metálica.

jueves, 3 de febrero de 2011

Cali



Queridos niños:


Uno de los capítulos iniciales de la novela comenzaba con la anunciación de la llegada de Jesús. Naturalmente, era una alusión sensacionalista para que la gente pensara en el Mesías. En cualquier caso, esto quedó en una anécdota insignificante porque Jesús era un niño de nueve años, gitano, que fumaba en la puerta de su casa en un  poblado chabolista. Ahora necesitaba a alguien que anunciara la llegada del supuesto protagonista, y para ello creé a su hermana pequeña, una cría de tres años, pelo corto, piel morena, cara sucia y ojos enormes, una suerte de Ana Torrent calé. Por si fuera poco, esa niña, para ser tan pequeña, debía ser muy espabilada para estar ahí, sola en la calle alegre por la llegada de su hermano. Claro que eso me dejaba en nada. ¿Qué interés tiene una mocosa que espera a su hermano mayor en la calle? Ninguna, salvo que esa mocosa tenga algo poderoso. Y lo tiene. En principio iba a ser mera empatía, comportamiento extraño para una niña de su edad, hacerla superdotada (pero sería el segundo personaje con esa cualidad en la novela). Luego hice que fuera capaz de prever ciertas situaciones o sucesos futuros. Al final tenía a una psíquica de tres años que se ha ganado con fuerza el protagonismo de todo el libro, y es que el personaje se deja hacer y ya he visto la imagen con que acabará el libro, y en ella aparece una Cali que ha visto cambiar el mundo.
A todo esto, necesitaba un nombre fuerte, y no sé cómo se me ocurrió Calíope (de hecho, no soy muy aficionado a la mitología griega ni la conozco bien) y cómo se ganó el nombre. El hecho de que su familia la llame Cali no es más que una cuestión de improbable verosimilitud. Y es que Queridos niños es, más allá de la novela de ciencia-ficción o fantasía, una historia realista en su visión del mundo y de las relaciones humanas, una historia de causa-consecuencia, pero también una historia donde caben hechos sin explicación y cierta magia o fantasía al más puro estilo La lluvia amarilla o Cien años de soledad, por citar ejemplos inabarcables.
         Llegado este punto, sólo me queda añadir que Cali aún tiene que crecer, y lo hará como nadie. Os adelanto ya que el Tiempo es otro personaje de la novela.
Afectuosamente,


Jose

viernes, 31 de diciembre de 2010

En el punto de partida

Queridos niños:


Una mañana, al despertar, a algo así como las nueve o las diez, todos los adultos del planeta caerán muertos. Todos con una excepción, dos hermanos gemelos de cincuenta años que, por otra parte, seguirán con sus vidas hasta la última consecuencia. El límite entre los vivos y los muertos será aproximadamente los dieciséis años. Así, los más viejos del planeta tendrán quince años y poco más que meses para ponerlo todo en orden. O tendrán que confiar en los pequeños. Esa muerte global será todo un misterio. ¿Qué pueden hacer los niños para que el mundo funcione? ¿Cuánto tiempo durará el mundo sin que todo se colapse? ¿Qué es el mundo, qué es la Humanidad sin apenas humanos?


Siempre vuestro,

Jose

jueves, 23 de diciembre de 2010

Nace una novela

Queridos niños:


No esperaba tenerlo tan claro. Un día, cuando volvía de Sevilla en tren, mientras leía El resplandor (Stephen King), vi una imagen clarísima. Un hotel vacío/desierto/ abandonado salvo por dos niñas. Un hotel que haría palidecer al mismo Overlook. Un comedor que, conforme se ensucia, va marcando el ritmo de la novela. Los días. Las semanas. Los meses. Tal vez los años. Ésa fue la primera idea a la que le di vueltas. Luego vinieron otras muchas de niños abandonados, perdidos en un mundo sin adultos. La idea está trilladísima, cierto, pero cuando nos obsesionan algunas imágenes o personajes no podemos obviarlos como si nada: a mí al menos me siguen hasta que escribo su historia, y por nada en el mundo querría despertarme una noche y verme rodeado de huérfanos asustados. Luego, uniendo piezas de varias de estas imágenes, busqué un factor común, el hilo conductor que diera entereza a un puñado de relatos simples y los convirtiera en una novela. El hilo en principio se presentó en forma de muerte, o de Muerte, pero luego recapacité. Los niños no temen la Muerte. Tienen otras prioridades en su escala de terror… Estaba ahí, tan evidente que daba miedo. Miedo. El miedo. El puto miedo. Miedo a todo, galerías de monstruos y miedos, la fantasía más oscura de los niños. Así comienza el viaje:

Todos los niños tienen miedo.
   Bueno, en realidad todas las personas tienen miedo, no sólo los niños. Miedo a envejecer, a la enfermedad, a los espíritus, al mar, a los peluches, a las FARC, a las orugas, a los payasos, a los políticos —disculpen la unión de ideas—, a los curas, a la sangre, a los muertos, a los cementerios, a los adivinos, a una plancha caliente, al fuego, a los perros, a la discriminación, a los aviones, a los bolígrafos. Miedo, en definitiva, a la vida.

            Total, tengo un hotel y dos niñas. Y el miedo. ¿Una novela de terror? No, ya he jugado en esa liga. Una novela que abarque un poco de todo: habrá terror, desde luego, pero también realismo (sucio, mágico; sucio o mágico, sucio y mágico) y ciencia-ficción, drama, quién sabe si matices de humor (fino y negrísimo, estoy seguro), amor como última medicina y terrores mundanos. Un poco de todo. Y una protagonista tan excepcional que se merece toda una novela, pero de ella os hablaré otro día: la pequeña Calíope aún tiene que nacer….

Atentamente,

Jose